Reflexiones sobre la violencia – Pablo Bustinduy

Tener que lidiar con una realidad desnuda, salvaje y sin edulcorar es otra de las muchas violencias de la crisis. De pronto cae la venda de los  ojos y uno se encuentra ahí, solo o sola en la habitación, sintiendo enfrente la respiración pesada de la bestia. El suave torpor de los clichés y  los lugares comunes, ese tiempo casi-mágico donde coinciden palabra y realidad, ha sido interrumpido. Sin ideología que lo cubra, lo real aparece como una fuerza dura, cruel, casi inmanejable. La consecuencia es que uno detrás otro, los relatos  habituales del poder ceden bajo el peso de aquello que ya no pueden contener. El único imperativo que nos queda dice entonces que toda razón debe ser cuestionada, todo poder profanado y toda palabra negada, porque ya sabemos lo que son: mentira.

Algo así ha pasado con los Presupuestos Generales del Estado: los números están ahí enfrente, amenazantes, groseros, como un espejo  cóncavo en el que todo se ve desde demasiado cerca. El presupuesto del Ministerio de Defensa dobla el de Educación, pero se recorta menos de la mitad. El recorte en Sanidad triplica el del Ministerio del Interior. En tiempos de emergencia presupuestaria, las Sicav seguirán tributando al  1% y los rendimientos del capital muy por debajo de las rentas del trabajo. Según técnicos de la Agencia Tributaria, el fraude fiscal de las  grandes fortunas suma unos 64.000 millones de euros al año (el 72% del total): en lugar de suponer confiscaciones, pérdida de nacionalidad y  penas de prisión, el lavado de ese dinero tributará al 8% entre vítores a la amnistía. Cuando se caen los velos de la ideología, todas las palabras parecen perversas.

Pero por encima de todo, el espejo roto de los Presupuestos dice que el Estado recortará en 2012 la misma cantidad que destinó a pagar los  intereses de la deuda pública en 2011, unos 27.000 millones de euros. Es la letra pequeña de aquella reforma express de la constitución: el  Estado recorta salvajemente la sanidad, la educación, o la dependencia para seguir trasvasando riqueza a sus acreedores, silenciosa e  infatigablemente, a razón de unos 850 euros por segundo. Poco parece importar que esos acreedores sean en gran medida los mismos causantes de la crisis, varias veces quebrados y rescatados con un dinero público que no existe, es decir con cargo a más deuda futura. En lugar  de romper ese círculo satánico, el Estado decide amputarse la mano izquierda mientras se enyesa la derecha. Los abusos policiales de Valencia  quedan en la impunidad, los poderes públicos hostigan a los piquetes y falsean las cifras de la huelga, desde la prensa se prepara a la opinión pública para un uso masivo de la legislación anti-terrorista contra los manifestantes, en Barcelona varios detenidos entran en prisión “por si”  pudieran hacer en el futuro algo que no han hecho todavía. Al elegir a quién sirve y a quien persigue, el Gobierno desnuda por fin su propia retórica y se revela como lo que es: un testaferro de intereses espurios, criminales, esencialmente improductivos, que reclaman la ejecución de nuestros derechos como garantía del cobro de su deuda. Esto es lo que expresan los Presupuestos: la lógica de ese sacrificio, y el esbozo de un nuevo equilibrio de fuerzas.

Esa es la imagen que nos devuelve el espejo, la imagen del expolio a manos de un poder que ya está casi desnudo, que se ha quedado sin palabras, sin sábanas ideológicas para envolverlo. Cada vez que dice “austeridad” el Estado miente. La excepción se ha hecho otra vez la norma, se ha hecho paradigma de gobierno: se trata de repartirse lo que queda, lo que sea posible, y de administrar con policía la pobreza. Por eso no hay tiempo que perder. La rotunda victoria de la huelga general debe servir para que cada cual asuma su lugar en la batalla. De momento, hay que llenar todos los vacíos, levantarse y decir la verdad sobre las cosas. Si nuestro futuro es ser pobres, habremos de serlo a nuestra manera, a una manera que está aún por inventar.

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